Lógica infantil

O cómo ha funcionado mi cerebro hoy

Para empezar, me siento más incómoda intentando escribir de política que sobre mí misma, pero algo extraño sucede hoy. Las palabras aquí abajo son el resultado de un sentimiento raro y desconocido, y no son una de las mejores cosas que he escrito. La verdad está más o menos terrible. Aún así, sacar estas palabras de mi mente y dejarlas en una pantalla, lejos y pixeladas, mejora las cosas.

(19/52)

Antes de empezar

Nunca he sido muy… políticamente informada, como escribí una vez en los largos párrafos de otra historia, por lo que mi estrategia de toma de decisiones es un poco básica, algo simple y no muy elaborada. Aunque tengo la suerte de que ahora existan personas creando herramientas como Candidater en las que desde mi confundida posición aprendí y entendí muchas cosas, no son tan avanzadas aún (ni lo es mi mente poco entrenada) para entender a fondo las propuestas o debates presidenciales, dejándome en un lugar aún confuso.

Si algo aprendí de todas las discusiones políticas que escuché en los últimos meses, es que no hay una forma correcta o más certera para decidir, por lo que cada persona escoge qué clase de estrategia utilizar: Además del voto estratégico (o votar para evitar que gane alguien más), uno de los argumentos que más escuché, también está la idea de votar por el carácter de la persona antes que las propuestas, votar en relación alas personas que rodean al candidato, por las propuestas (obviamente, duh)… Hay tantas opciones como sabores de helado.

Como persona creativa y confundida, acostumbro a elegir la cara menos aterradora o menos parecida a un villano de una película de Disney, pero como todos se parecían un poco a alguno, esta vez no funcionó (bueno, la verdad nunca lo hizo pero no había sido tan importante). Como escoger por caras no funcionó, mi cerebro de detective tomó con la información disponible (y entendida) como en la reconstrucción de un caso policial, jugando Clue, investigando perfiles de Facebook para una amiga… Y funcionó.

Comentario de Cam: Este es un espacio de no juzgar mi lógica extraña. No. Sé que no está exactamente bien pero no. Detente, humano.

Y… ¿cómo funciona?

Después de mucha investigación irresponsable en internet y escuchar conversaciones ajenas, combiné lo que aprendí con las cosas que más me importan, y deberían importarle a los humanos del universo (si nos humanos no fueran horribles, claro).

Confused Cam

La opción seleccionada, aunque con todos los nervios del mundo, fue por el amor a las montañas, los lugares en los que el aire frío y la vista absurda te hacen sentir pequeño y el sonido que hace una pisada en la tierra de un bosque viejo, de ramitas partidas y tierra acolchada. Fue pensando en que cosas tristes como las colinas destruidas desde adentro dejaran de multiplicarse y, aunque nunca tenga un anillo de oro en el futuro, sí tenga páramos enormes que visitar que de bajada me dejen muerta, feliz pero sin energía.

Pero no, adiós a las montañas.

También pensé en la personas que quiero que sean felices, libres y curiosas, sin restricciones para comer, pensar, dormir, querer o creer, que no encajan con muchas ideas tradicionales de otras generaciones y no se escandalizan con palabras difíciles: Aborto, eutanasia, matrimonio-entre-personas-del-mismo-sexo.

Pero no, van a seguir en la lista negra de las mamás.

Y al final, de forma un poco egoísta, pensé en mis personas favoritas, en que sean libres para viajar conmigo y jamás estén lejos, algo que no es tan fácil de hacer con la amenaza del servicio militar inminente y esa sensación poco agradable que siento cuando pienso en que algún día podrían estar ahí, como un número en la lista de un ejército al que odian.

Pero no, los uniformes verdes me siguen poniendo nerviosa.

Tengo más razones que aunque no son tan explicables como las anteriores (la verdad ninguna está bien explicada), me hacen entender ahora esa sensación rara en el aire. No es de pérdida, no, pero es de confusión. Es de querer proteger y ayudar, e intentar no odiar: Proteger a mis personas favoritas, a todas esas montañas de colores que aún no conozco y a las ideas diferentes, a las brillantes soluciones de la medicina y a las ideas mágicas de nuevas generaciones.

De alguna forma, no sé cómo, entiendo un poco el resultado de todo. El miedo al cambio, las historias falsas y rebuscadas, el apego a las percepciones tradicionales sobre la vida, la forma de pensar de otras generaciones… Todo, y de la misma forma en la que lo entiendo sé que no está bien.

Todas las piezas encajaron en mi cabeza cuando mi abuela, alguien que de alguna forma admiro, empezó a hablar de cosas que pasaron hace más de cuarenta años y de alguna forma retorcida las relacionó con que no quería perder su casa y teníamos que confiar en Dios.

Confiar en Dios es una cosa de otro siglo que lleva a las personas a quemar vivas a otras, declarar guerras santas y asegurar que el mundo es plano.

Lógica infalible sin llevar la contraria a los religiosos enojados: Aunque Dios sea (supuestamente) esa fuerza superpoderosa que todo lo sabe, nos creó a imagen y semejanza, ¿verdad? Ahora, ¿de verdad podemos confiar en nuestro creador? ¿En el responsable de que seamos la especie más, más tonta de todas?

No.

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