Objetos: La vida y la muerte en las cosas

Estando inmersa en el mundo del arte, le tengo un amor especial a los museos. Aunque no he recorrido tantos como me gustaría, los que recuerdo están grabados en lugares especiales de mi memoria y más que las cosas que vi, recuerdo las sensaciones, el aura general de los espacios y las impresiones más fuertes, siendo las exhibiciones de colecciones de objetos mis favoritas.

Cuando un objeto común llega a un museo, su valor como pieza de arte puede no ser muy alto, pero su valor emocional y la energía que tiene por dentro son más fuertes que en otros casos, como en muchas obras de artistas que más que creadores, se convierten en coleccionistas e intérpretes de cargas emotivas. Los objetos son ahora libros abiertos -bastante más misteriosos- pero tentadores de leer, esperando pacientemente que alguien lo suficientemente valiente se atreva a ojearlos y descubra las historias contenidas.

Siempre, siempre he querido tener una cajita de música así.

Me gusta el contenido secreto en los objetos utilitarios, objetos tontos como las cucharas, los botones de un televisor viejo o los restos de una lámpara resquebrajada: ¿De dónde vienen? ¿Quién fue la última persona en tocarlos? ¿Alguien fue muy feliz teniéndolo cerca? ¿Qué tal que esta cosa sea la razón por la que se inició una guerra, terminó una relación o alguien cambió el nombre de su perro? ¿Será que… alguien murió?

Esa última pregunta es la más difícil, en cierta medida intrigante, la que más logra sacudirme por dentro y también una de las más frecuentes en este tipo de exposiciones. Muchas veces el valor en un objeto no está en su dueño actual, sino en lo que logró conservar de una persona que ya no está y la forma en la que contará su historia a partir de ahí, de ese punto cero en el que el alma humana se desconecta de un cuerpo vivo y hace de una caja inerte, de un objeto vacío, un nuevo hogar. Esta idea, dejando de lado muchas exposiciones de objetos bonitos que he podido ver, conocer y leer, viene de una exposición que vi hace más o menos tres años en el Museo de Bellas Artes en Santiago, Chile.

Altares y miradas acusadoras

Estaba de viaje con mi familia cuando llegamos al museo, eran los últimos días de diciembre de 2014 y había muchas exposiciones que ver. Uno de los museos que visitamos fue el Museo de Bellas Artes de Santiago, un edificio blanco y mágico que me encantó a primera vista con sus columnas complicadas, techos altos y estatuas dramáticas mirándome desde arriba. Además de ser uno de los edificios más lindos que había visto en Chile, en el hall de la entrada me estrellé con una pila enorme -de verdad, enorme- de ropa, que llegaba casi hasta el techo en cúpula del lugar. La descripción de la obra decía que era de Christian Boltanski: Un artista francés conocido -no por mí- pero por muchas personas, y la obra se llamaba Almas.

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Para conocer más sobre Almas, puedes leer aquí

 

Salí caminando rápido, casi hiperventilando, de esa ala del museo y regresé al hall. La carga emocional y la energía del lugar eran abrumadoras, me hacían sentir como un intruso y también triste, asustada y confundida. No recuerdo si era una exposición con sonido de fondo, o si había viento moviendo las telas y los altares, pero en mi cerebro la experiencia se registró como haber entrado en un sarcófago abierto y tener un picnic dentro de un mausoleo, con su olor a mármol, piedra fría y flores medio muertas por todas partes. Llegué a pensar que si cuando morimos sentimos el proceso o de alguna forma percibimos lo que pasa, podría llegar a sentirse así. Frío.

¿Qué pasó en esa exposición? ¿Qué es tan intimidante en la muerte si sigo viva?

A veces veo las fotos que tomé de la pila de ropa y pienso en esas personas, en los miles de pilas de ropa, vacías de un cuerpo que las habite, que deben estar regadas por el mundo. Pienso en todos esos collares para perro desgastados, en los platos de porcelana con las esquinas resquebrajadas y en los cuadros de frutas, paisajes de casas viejas y montañas que también están vacíos, sin sus humanos. La muerte es algo inevitable que deja objetos huérfanos por todas partes, ¿qué sentido tienen sin un dueño? ¿Tienen un alma triste?

Más que la muerte, me molesta la idea de que después de ella queden tantas cosas atrás con una carga energética enorme que no va a ser liberada y va a seguir ahí, coleccionando polvo, años y tal vez desapareciendo. De ahí, de esa carga desperdiciada y perspectiva de vida triste viene mi fascinación con los objetos viejos y el por qué quiero empezar no a coleccionarlos físicamente, pero sí a recoger las historias que engulleron y darles un lugar, ponerlas en palabras, dibujos o sonidos para que esas personas no desaparezcan. Tal vez ese es el valor de los objetos históricos: Más que su materialidad, las historias que contienen y la energía que destilan.

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No tengo una foto de la exposición – por obvias razones – pero esta foto de un anticuario solitario en Lourdes (Bogotá) da una sensación parecida.

Los latidos delatores en la isla solitaria

Además de Almas, Christian Boltanski estaba recogiendo latidos del corazón para Les Archives du Coeur, otra obra intimidante con una idea un poco más romántica. Los más de 50.000 latidos del corazón grabados en diferentes museos del mundo pasarían a formar parte de un archivo especial que sería dejado para toda la eternidad (o lo que resista el planeta) en la isla de Teshima en Japón, un lugar remoto. Esta colección de sonidos sería una celebración de la vida y también un recordatorio de que cada corazón tiene un ritmo diferente, y de que todos somos ruido humano.

“Podía oír mi corazón latir. Podía oír los corazones de todos. Podía oír el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos.”, De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Carver Raymond.

No me atreví a dar el latido de mi corazón a Christian Boltanski porque además de tener que entrar a una sala oscura con miles de latidos resonando, no estaba segura de querer ser inmortalizada en Teshima. Tal vez algún día me arrepienta de no haber entrado a la colección, de no estar en el archivo sonoro que reciban seres en otros planetas y de conocer otros latidos, pero no creo ser capaz de entrar a un lugar tan cargado de energía -energía humana- con la calma suficiente para que una persona me conecte electrodos y empecemos a escuchar, con alto volumen, como la sangre recorre mi corazón y el sonido torpe de mi soplo cardíaco.

Comentario de Cam: Escribiendo esta historia me acabo de dar cuenta de que para mí Christian Boltanski es la persona más intimidante del mundo. Si lo conozco algún día, posiblemente me paralizo.

Después de la experiencia chilena con este artista francés, he conocido más objetos e historias en otros museos. El Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO) hace más o menos tres años hizo un llamado general a las personas en Bogotá a postular objetos significativos en sus casas que pensaran que eran dignos de un museo y la respuesta por parte del público fue increíble. De los objetos postulados seleccionaron algunos y montaron una exposición, cada uno con el nombre de la persona que lo postulaba y una explicación corta de por qué el objeto era especial. Además de esto, el museo llevó algunas de sus obras a las casas de los expositores, para que así mientras que sus obras de arte eran vistas por otras personas, ellos tuvieran un pedacito del MAMBO con ellos.

Recuerdo una colección de cartas de amor de los años 50, de esa época en la que los mensajes tardaban meses en llegar y ver la letra escrita a mano de un ser querido era toda una maravilla. Eran de una pareja que estuvo separada un largo, larguísimo tiempo y nunca dejó de compartir historias, sin importar el tiempo que tomaran en ser leídas.

También había una escultura de un perro rosado, la parte delantera de un carro clásico y un jarrón de vidrio enorme -casi de mi tamaño- lleno de cajitas de fósforos recogidas en diferentes partes del mundo. Había mesas de centro cubiertas en entradas y tiquetes de conciertos -algo que envidio-, y loncheras ochenteras en perfectas condiciones. La sensación general que quedó en mí después de conocer 50 objetos diferentes fue tan, tan diferente a la sensación fría y ceremonial con la que salí de ese museo chileno: Era una galería de objetos vivos, de objetos felices y de objetos amados; eran la clase de objetos a los que estaba acostumbrada, que me llenaban de historias felices y más que nada, hacían a mi parte más curiosa disfrutar el momento.

Morir en el fuego

Conocí objetos odiados, de los que las personas se querían deshacer y olvidar para siempre: El museo efímero del olvido. No recuerdo bien cómo funcionó, pero las obras estaban regadas por toda mi universidad y muchas eran interactivas, invitándote a dejar un pedacito de ti en ellas. Escribí en una que colgaba de la pared del segundo piso del edificio de Bellas Artes algo que quería que pasara en el futuro y también acompañé a alguien a dejar algo que quería quemar y olvidar en una de las salas, mi sala favorita.

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Foto de Reliquias de Adriana Marmorek. Pueden leer más sobre la exposición y descargar el PDF con las historias de los objetos aquí.

La artista había acumulado un montón de objetos de todo tipo que sus dueños querían destruir en el fuego y había de todo: Goteros con lágrimas recolectadas durante meses, cartas, cepillos de dientes, ropa de amantes perdidos, joyas e incluso un vestido de novia. Como no tenía nada que olvidar, no abandoné ningún objeto ese día ni creo llegar a hacerlo, al menos no para olvidar. Me gusta tener objetos para recordar porque más que memorias aisladas, cada uno cuenta una parte de lo que soy: Un conejo de peluche rosado para el miedo, entradas de conciertos arrugadas para la aventura, radiografías de muñecas y dientes para la valentía, y fotos, fotos en todas partes para la curiosidad.

Más que objetos, más que rastros materiales, las cosas que nos rodean son fragmentos del alma de las personas y los momentos (si no suena convincente, pregunten a Voldemort), y están lavados, empapados, saturados y cargados de energía. Dependiendo de la historia que cuenten, tienen un aura especial y son imponentes de formas diferentes. Para mí los más intimidantes siempre serán los objetos de la muerte, pero los más poderosos los objetos de vida, los que cuentan historias de amor.

La muerte, misteriosa pero también algo que todos vamos a conocer, no es la ausencia o la partida de la vida: Es la pérdida de la energía, es el olvido y está en esos sofás viejos y misteriosos botados en las calles, en las pilas de ropa perdida y las cartas, fotos y notas rasgadas en la basura.


Historia 28/52: Y una de las mejores.

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