¡Feliz vuelta al sol!

Cierra los ojos por cinco segundos e imagina cómo te ves. Intenta recordar la forma de tu cara, las arrugas que se forman cuando se mueve la piel y los colores que predominan.

Imagina cómo te ves todos los días, la forma en la que caminas y cómo muestras el número tres con los dedos. Ahora busca tu imagen en el espejo. Saluda a ese brillante y atractivo desconocido. Déjalo observar.

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¡Saluda!

¿Lo conoces? Ese desconocido ha dado otra vuelta al sol.

¡Felicítalo! Dale un abrazo – en espíritu – e invítale una malteada. El desconocido en el espejo te acompañó otros 365 días. Estuvo contigo en cada viaje, comida, decisión, alegría y tristeza. Esa silueta brillante que reflejas merece todo tu amor. Aunque otro año termina – y aún más rápido que el anterior – va a estar contigo una vez más, sin peros. Sin condiciones.

Algunos días no me reconocí. El espejo me devolvía una cosa extraña de mirada confundida. Perdida. Torpe. Después entendí que es una de las cosas más normales que llegan suceder. No fue algo malo.

Vanessa Rosales, historiadora de moda, habla sobre los espejos. Siempre han sido objetos mágicos y complicados de entender: Nos regresan la luz para saber cómo somos. Nos dejan saber cómo nos movemos y andamos por el mundo. No creo que sepan mentir. El problema es que los ojos sí que lo hacen.

Esas esferitas que nos dan a conocer el mundo son malvadas.

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Recuerda: Tener ojos de gatito no significa que sean buenos.

Mientras que el espejo nos muestra las cosas tal y como son, los ojos – bueno, realmente el cerebro – las interpretan como quieren. Un día te ven más delgado, más valiente y menos asustado. Cinco minutos después empiezan con las preguntas indiscretas: ¿Por qué no eres más alto? ¿Eres capaz de hacer eso que te preocupa? ¿Y si notan que eres horrible y mueres solo? ¿Desde cuándo tus orejas son así de grandes?

¿Eres lo que ves reflejado? ¿O eres lo que tus ojos piensan de ese reflejo? ¿Qué estás viendo?

Las respuestas a tantas preguntas están frente a ti, como siempre. Están escondidas bajo una capa pegajosa de dudas.

Este año aprendí a ver bajo la pegajosidad.

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*looks at everything with muchas sospechas*

Llevándole la contraria a la frase popular de “Ver para creer”, pienso que hay que creer para ver. Sin importar lo que los ojos digan y lo que cerebro interprete eres lo que crees ser, no lo que crees ver.

La expresión correcta es visualizar. Proyectar. Ver un poquito el futuro. Es como el “fake it till you make it” del inglés, pero viene de adentro. Si visualizas lo que quieres ser, el lugar en el que quieres estar o las cosas que quieres que tu amable y desconocido cuerpo haga, en algún momento lo verás en el espejo. No es algo que sucede rápido ni de forma evidente. Eventualmente podrás creer en lo que ves.

Esta vez la protagonista fue mi distorsionada imagen

En enero no sabía qué o quién soy, ni que quería hacer conmigo. Salí de una práctica académica en la que pasé seis meses confundida. Perdida. Sin saber cómo había terminado ahí y preguntándome frecuentemente si esa iba a ser mi vida.

Despertar y desayunar con el cielo aún oscuro. Esperar el bus, llegar a una oficina blanca y pasar la mañana girando en la silla del escritorio. Almorzar, escuchar el silencio de los teclados y regresar a casa. Volver a empezar.

Asustada con la idea de una vida monótona y blanca, empecé a probar cosas.

Durante los seis meses anteriores había empezado a escribir – ¡y lo sigo haciendo, yayy! – y dibujar. Aprendí sobre la toxicidad de la vida moderna – hola, problemas ambientales – y me enredé en el mundo de la moda.

Tomé fotos para Fashion Revolution

En enero intenté hacer todo al tiempo, más grande y mejor. Me convertí en editora de una publicación en Medium, voluntaria en Fashion Revolution e intenté – sin mucho éxito – crear contenido para un blog de moda. Envié correos como nunca, aún sin respuesta. Empecé a trabajar con lo que sabía sobre crear páginas y algunas cosas funcionaron. Me dije a mí misma que iba a dibujar más y publicar al menos una vez a la semana en Medium.

En febrero compré una bicicleta pensando que al fin aprendería a montarla. Cuando el semestre inició, cansada de la mediocre dieta universitaria, empecé a cocinar e intenté no intoxicarme en el intento.

Prueba de la compra irresponsable

En junio compré un dominio, aprendí a utilizar una plataforma desconocida e intenté vender ese recién adquirido conocimiento – otra cosa que no funcionó –. En agosto empecé a diseñar una página nueva, que aún existe únicamente en muchas líneas de código. En septiembre hice un libro ilustrado que una chica enamorada quería dar como regalo.

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Nueva imagen, que supongo que si están leyendo esto ya vieron. Duh.

Cuando llegaron octubre y noviembre estaba agotada y confundida. Hacía todo y nada a la vez. Era un poco de cada cosa, pero ninguna completa. Dibujos sin terminar, libros con separadores en medio, páginas a medio publicar y muchos borradores desechados. Me sentía asfixiada por mis inventadas responsabilidades. Ahogada en un mar de cosas y cosas. El fastidio existencial hizo que todo fuera reemplazado por horas y horas de Netflix.

Cuando me aburrí de Gilmore Girls y terminé con todos los episodios de Nailed It, empecé a leer mi blog. Empecé a buscar qué estaba mal o cómo había terminado tan perdida. Entre publicación y publicación, la Cam del pasado me recordó que las palabras tienen poder, como aprendí de Amalia Andrade en febrero.

Mis palabras tienen poder y tengo que creer para ser. En febrero me di una lista de títulos esperando cumplirlos algún día y fue una sorpresa enorme darme cuenta de que el experimento había dado resultado.

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La magia para 2019 empieza desde ya

Los títulos cumplidos

Escritora

No publiqué las 52 entradas que tanto quería, pero escribí más de 30, ¡30! Llené de letras internet. Abrí mi mente y corazón – hablo de ustedes, entradas sobre comida – para que el mundo los conociera. Le escribí a un montón de desconocidos sin miedo. Sin orden alguno, pero sin miedo.

Por eso soy escritora.

Maestra de sándwichs de queso en parrilla

Siempre. No hay que discutirlo. Si no me creen puedo hacer muestras gratis.

Fotógrafa

Perdí el miedo a los retratos – gracias a mi amable modelo de siempre – y compré mi primer lente. Aprendí a utilizar una cámara con toda la paciencia del mundo, como no había hecho en años anteriores. Pasé de hacer clic en el obturador a oprimir todos los botones y jugar con la luz.

Por eso soy fotógrafa.

Ilustradora

La olvidada @enodoodles está llena de dibujos, así como un montón de hojas en cuadernos. Dibujé para mí y para los demás – algo que nunca había hecho –.

Por eso soy ilustradora.

Chef de cocina experimental

¡Aprendí a cocinar! Después de mucha pasta con queso y arroz con verduras perdí el miedo mezclar ingredientes misteriosos. Aprendí sobre la versatilidad de las manzanas, inventé la ensalada de taco y perfeccioné los crepes.

Por eso soy chef.

Ciclista

No logro llegar muy lejos y cada que veo a una persona acercándose freno, ¡pero aprendí a montar bici! ¡Al fin! ¡Después de tantos años de haberlo olvidado! Entendí la libertad extraña de andar y sentir el viento frío en la cara. Aprendí a escuchar los sonidos que hacen las cosas, perros, humanos y niños en triciclos. Hace unos días pasé por la orilla del mar, pedaleando torcida pero sin caer.

¡Funcionó!

Por las medallas imaginarias conseguidas, dejo de creer en mis ojos. Dejo de escuchar esas voces que me dicen que no, que no soy esa persona. Ahora algo les dice a mis ojos: “Mira, esto eres tú. Eres esa cosa en el espejo”.

Y… ¿cómo es la cosa en el espejo?

La cosa en el espejo se llama Cam. Extrañamente, con el poder de las palabras, construí una imagen más clara de mí misma, así estuviera engañada todo el año por lo que mis ojos quisieran contarme. La desconocida en el espejo creció y creció, aunque mi cerebro me dijera que no, que era la misma masita deforme estancada. Que no iba a llegar a ningún lado.

¡Pero lo logré! Haber aprendido a ser más valiente, más auténtica y a vivir en el mundo real – el mundo de los adultos aburridos – en años anteriores cobró sentido. Las cosas pequeñitas que nunca dejaré de aprender completan el cuadro.

Aquí de roadtrip, otra cosa que no había hecho antes

Es verdad eso que dicen las personas mayores: “Las cosas suceden por algo”. Cada error, momento de torpeza y recuerdo le da más poder al cuerpo que me acompaña.

Ten suerte en el camino, humano visitante

Mi deseo de año nuevo – si es que eso funciona – es que abraces a ese desconocido en el espejo y le recuerdes qué es. Recuérdale qué tan buen corredor, cocinero, cantante, científico o decorador es. Ignora a tus ojos y también a tu odioso cerebro. Da las gracias por su compañía.

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