Comiendo en Cartagena | Foodiaries III

Los días entre el 25 y 30 de diciembre siempre son extraños. Son una burbuja fuera del tiempo y el año pasado los viví en Cartagena.

Fue un viaje rápido e inesperado, sin mucha investigación de fondo – en especial gastronómica – pero con algunos descubrimientos. Para mí las ciudades, más que los lugares que visitar y la forma en la que hablan las personas, se conocen a través de la comida disponible. Los sabores frescos y tropicales recuerdan lugares calientes, las bebidas dulces y oscuras hablan de noches frías y la comida rápida es una amplia muestra del estilo de vida predominante.

Cartagena, en este caso, es una ciudad especial. Además de sus murallas, playas de arena oscura e historia, es conocida por su alto nivel de desigualdad. Es una ciudad en la que el turismo es agresivo. Es un lugar en el que las diferencias de precios de una calle a otra son enormes.

No puedo afirmar que en cinco días me convertí en una experta en gastronomía cartagenera, pero sí entendí un poco sobre cómo funciona en cada lugar. Esta es una – casi – guía sobre helados y cocteles en la playa, comida rápida en las calles y sabores especiales en restaurantes.

Tan refrescante como las olas

En el momento en el que llegas al aeropuerto de la ciudad y pasas la salida, un grupo de policías de sonrisa amable te dan una recomendación. Cuando subes al taxi que te lleva al lugar en el que te hospedarás la recomendación se repite, ahora como una advertencia. Cuando llegas al hotel, lo tienes más que claro: No debes confiar en los vendedores ambulantes, en los vendedores de la playa.

El flujo de turistas, advertidos, pero distraídos, hace frecuente que los vendedores en la playa cobren más del doble de lo que deberían. Los precios oficiales que aparecen en folletos de recomendaciones turísticas no reflejan la realidad del lugar. Además, son personas bastante insistentes, agregando tensión al ambiente.

Playas de Bocagrande

La situación en las playas de arena blanca cercanas a la ciudad no es muy diferente. Si eres de los que no lleva comida lista para el viaje y tampoco compró un paquete turístico que incluya almuerzo en un restaurante de la zona – mi caso –, prepárate.

No recuerdo cuánto costaba una comida completa en Barú (Playa Blanca), pero sí que una limonada natural – agua y limón – no bajaba de 20.000 COP (6 USD). Los cocteles tenían precios parecidos y algunas empresas turísticas – como la que utilicé – incluye una hora de barra libre de cocteles coloridos.

Aquí la tienen: La barra libre.

Y el descubrimiento más importante: Sin importar donde estés, el señor de los helados puede aparecer para alegrarte el día. Media hora antes de salir de regreso a Cartagena, los cascabeles anunciaron la llegada del carrito y un chococono cerró el día uno.

El chococono de los sueños playeros

Cenas callejeras

A dos cuadras del hotel en Bocagrande, hay una esquina llena de comida rápida. Perros calientes, hamburguesas, ensaladas de fruta, muchos pinchos diferentes y montañas de cosas que no supe identificar. Los locales abrían temprano en la mañana y cerraban después de medianoche, llenando la cuadra de olores diferentes todos los días.

Desde el día uno encontré mi víctima: Un super perro caliente de cinco mil.

Los conocedores de perritos calientes de Colombia sabrán que uno puede determinar qué esperar según el precio. Es algo difícil de explicar, pero fácil de experimentar. Entonces cuando digo que era un perro de cinco mil, era EL perro de cinco mil. Menos riesgo de intoxicación o malestar que un perro de dos mil, pero la misma esencia. Desmesurada. Con huevos de codorniz enterrados con palitos.

Les presento al perro de siete

La noche que lo busqué tuve la mala suerte de encontrar la plancha en la que se hacían los perros abandonada. El encargado no aparecía y – como siempre – tenía hambre. Dos locales a la derecha encontré un perro de siente mil y fue exactamente lo que esperaba. Cubierto de salsas y papitas. Perfecto.

También había una frutería en la cuadra. Tenía una larga lista de ensaladas, en las que la única diferencia entre ellas eran la cantidad de helado y crema agregadas. La ensalada en la que pensé durante toda la estadía fue la cena de la última noche. Era enorme, tenía un vaso de helado encima – con la forma del vaso – y mucho queso y crema, como las ensaladas de verdad.

Esta es posiblemente la peor foto que he tomado en tiempos recientes pero intento ilustrar la esencia callejera de las cosas (o algo así)

¿Es realmente saludable? Tal vez no. ¿Eso hará que deje de comerlas? Definitivamente no.

Sabores especiales

Dejando de lado la oferta gastronómica playera y callejera, el abanico de opciones al buscar un restaurante es enorme. Encontré comida americana, árabe, mexicana e italiana. Hay restaurantes de comida colombiana de distintas regiones – demasiadas fondas paisas – y reinterpretaciones de la comida local. Conocí pastelerías, dulces tradicionales y cafés en los que tomar un latte mirando al mar.

Entre mis favoritos estuvo Guatila, también en Bocagrande. Guatila es un restaurante de cocina colombiana en la que rescatan el sabor de este fruto lleno de espinas y lo incorporan de la mejor manera en distintos platos. Lo probé en un ceviche de butifarra – un embutido de la costa – con tiritas de mango biche y una cantidad considerable de pimienta. Era fresco pero rígido. No le encontré más sabor que el del limón agregado, pero la textura encajaba con las de la butifarra y el mango.

Ceviche de butifarra y mango, con guatila y MUCHA pimienta

Comentario de Cam: No conocía la Guatila y aún me parece raro que la conozcan como “papa de pobre”. Tiene el sabor más opuesto a una papa. Mi cerebro y papilas gustativas aún no lo entienden.

¡Conocí el mote de queso!

No soy muy conocedora – tampoco fanática – de las sopas, pero esta siempre me causó mucha curiosidad. ¿Sopa? ¿Con queso?

Esta preparación de ñame era espesa y caliente, pero no empalagosa. El mote estaba lleno de pedacitos de queso costeño flotantes y la versión de Guatila, además del ajo y limón tradicionales, tenía rodajitas de berenjena. Si eres un amante de las sopas y la comida reconfortante, es tu plato.

Mote de queso con berenjena y sí, más guatila. Si eres un reptil de sangre fría como yo, te parecerá demasiado caliente.

Por último, están los bollos, masitas o amasijos – no estoy segura de cuál es la palabra correcta – de diferentes sabores. El bollo limpio era de otra de esas cosas de las que había oído un montón, pero no había tenido la oportunidad de probar. En Guatila conocí otras dos preparaciones: El bollo amarillo y el bollo de coco, con sabor a anís.

Tabla de bollos, quesos y embutidos

No me gustó mucho el de coco – problemas personales con el sabor – pero los otros dos fueron masitas suaves y reconfortantes que salvaron mi lengua del agresivo ataque del ceviche picante.

La comida también estaba acompañada con patacones – siempre deliciosos – y casabe, un pan tradicional amazónico. En el restaurante contaban que era una preparación olvidada que querían rescatar: El casabe es un pan hecho con harina de yuca muy fina, que no tiene casi sabor y es de textura delicada.

¡Eran tan, tan ligeras!
No puedo dejar por fuera los patacones. Lo siento, amigos de internet.

¿Y el azúcar…?

En la Ciudad Amurallada – la zona más antigua de Cartagena – está el portal de los dulces. Filas de mesas llenas de distintas preparaciones tradicionales de colores se alinean en el pasillo cerca a la torre del reloj. La mayoría de ellos están hechos a base de coco, panela y distintas frutas. También hay bolitas de tamarindo y preparaciones con distintos tipos de papaya.

No tengo una foto del Portal de los dulces, pero la tengo a ella

Los más recomendados para mí, que no tengo aprecio alguno por el coco, son los panderitos y las muñequitas de leche. Se parecen un poco a el niño Dios tradicional de un pesebre colombiano y son tan dulces como se ven.

Algunos kilómetros más lejos en Bocagrande conocí Ely Café. Es un lugar cálido y acogedor, lleno de pastelería cremosa y croissants. La tarde en la que pasé había un evento ocupando la mitad del restaurante, llenando el lugar de carcajadas ruidosas y demandando un flujo constante de pizzetas, tostadas con queso crema y bebidas de colores. Aunque el café no es tan bueno como el que he encontrado en lugares escondidos de Bogotá – una publicación por venir – las tortas son bastante fotogénicas.

Red Velvet Cake
Coffee Cake

Y volver, volver, volver

Hasta aquí llega mi investigación gastronómica cartagenera. Para una próxima edición quedan por probar el restaurante que funciona la cárcel de mujeres, el perro caliente con macarrones con queso – me parece brillante – y un sinnúmero de platos que seguramente aún no conozco.

Si en años no he podido visitar tantos, tantos lugares en Bogotá… ¡años de investigaciones gastronómicas en lugares lejanos me esperan!

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